viernes, 3 de julio de 2026

Solo nos queda ver el eclipse


Hubo un tiempo en el verano llegaba después de la primavera, no antes del cuarenta de mayo, en Salamanca, donde crecí, era sabiduría popular. Innumerables noches en las cercanías de Solana de Avila incluso le retaban hasta bien recorrido Junio. La canícula sabíamos que llegaba, casi como los vientos del sur, esos que en el Norte no traspasaban el muro. Este era una bocacalle empedrada en sus paredes donde proyectistas dibujaban movimientos laterales, graduados en vías de colores, devinieron en equipadores con el tiempo.

El viento siempre era amigo de Boreas, acompañado de lágrimas de cristal, pies fríos y sudaderas de colores. Nunca imaginamos que se retiraría largas temporadas a sus cuarteles antes de los idus de marzo. Ahora vivimos bajo aires fríos empaquetados, dirigidos, eléctricos, predecibles, cautivos y presos en lugares cerrados, protegidos de Helios y su ira.

Dejo pasar la tarde, sentado a la sombra de la pared, el ruido del agua de la fuente refresca la conversación, las cuerdas y los pies de gato acumulan polvo, las cintas cuelgan inmóviles, la roca calienta los tendones de los dedos, “vueltos del revés” comentan a mi lado, sonrío ante esa expresión, nos levantamos, no hay duda, toca peregrinar, abandonar Cuenca, asumir que los mejores días van a tardar en volver, no me abandono a pensar que ya fueron, mejor, no me lo permito.

Me han dicho que hay un Muro donde nunca le da el sol, hace frío en verano, de más de cien metros de alto, dos celemines de largo, equipado con alegría, pero bien puntualiza alguien, sólo media hora de pateo y pie de vía amable para los niños. El pueblo no está lejos, hay un bar con buena comida y se duerme cerca de un río de aguas cristalinas. - ¿Nos vamos? -  pregunta retórica si es posible ir al Paraíso, allá donde cada uno tengo el suyo.

El verano y sus vacaciones asoman lejos de Cuenca y nuestros cuarteles de invierno. Esta vez el precio de la gasolina no va a ser el mayor limitante, abierto el estrecho, el de Ormuz, que ahora conocido no es nuestro como Gibraltar, la autocaravana llena de agua es nuestro tipi veraniego, fácil de aparcar. El sentido común hace que la primera línea de playa no sea el objetivo vespertino de descanso del guerrero.

Hombres de monte y observadores de las estrellas nos toca buscar un lugar donde ver el eclipse, nosotros que no necesitamos de fenómeno para ver el sol, atardecer o amanecer, a la hora que sea, aún a media mañana como ocurrirá este agosto. Incontables bárbaros peregrinan a la piel de toro para mirar al cielo un rato de media mañana de no sé qué día de agosto. Se dejarán la noche y su lluvia de estrellas, la luna llena de julio de luz blanca que ilumina la pared, la tormenta de verano que transita ruidosa, llena de rayos y vientos mojados, de su petricor posterior que invade nuestras fosas nasales, del sonido del cárabo en los bosques, del ruido de los chapajes, de los “pillas”, de los voy, de los abrazos de despedida.

Recogemos el material, caminamos al terreno amigo de la noche manchega y cerramos el ciclo. Otra temporada más atrás, nada que reprochar a los pegues a deshoras, sin fuerzas, por todos aquellos que sí lo fueron, intensos, a su hora, con la intensidad necesaria, sin más preocupación que el siguiente movimiento, sin frío, ni calor, pues eso, vámonos a ver el eclipse.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Vuelta al ruedo

Hubo un tiempo en que escribía tanto como escalaba. Las palabras desbordaban mis manos y se hacían historias sin casi ser repasadas, todo lo contrario que la vía que estoy probando, que sin repetir cada movimiento no hay fluidez en el pegue. Hoy busco el tiempo para asomarme al papel.

Retomemos el trovar de los hechos, escribamos a los penitentes de la vertical, vuelvo a los soliloquios de nuestro mundo, ese que ha ensanchado, ese donde lo que importa, y esto siempre fue así, es encadenar.

Cuenca no ha cambiado, no me refiero a la ciudad medieval árabe (Qünka) ni a su pasado cristiano posterior, sino a nuestra escuela de escalada, de grado propio, agarres pequeños, pies dibujados, Sika pintada, alejes innecesarios, pies de vía amables, accesos cortos y tantas ventajas de ser urbana y montaña en una.

Sigue siendo fácil dormir en algún “parking”, sin que amenazas de regulaciones y prohibiciones escalen a multas y sanciones. La peregrinación de fin de semana sigue congregando a los miembros de la tribu, sin importar el origen, ajenos a nacionalidades y exclusiones, bordeando pequeños localismos tranquilos en su hacer, sin impacto en la fiscalización del esfuerzo, unos carteles inquisitorios lentamente se destiñen quedando unos postes inservibles.

Otra vez vuelvo al ruedo, no os aburriré con el cansino “estoy volviendo” que se oye de tanto en cuando, tratando de auto justificar que, en este deporte de esfuerzo, los de mi generación, cualquier tiempo pasado fue mucho mejor. Suelo correr por las mañanas por la hoz y paso por debajo de vías que alguna vez hice o probé y que ahora no quiero mirar, ante la certeza que al dejar de ser inmortal el futuro no existe, solo tozudo presente.

Lo hago consciente de las sonrisas condescendientes de parte de la tribu, de aquellos que me tildan de mayor, obsoleto, poco adaptado a las nuevas corrientes, pensando que el devenir implacable del tiempo les justifica en su indulgencia. 

No he hecho un pacto con el diablo, le temo demasiado, y por ello lo fío a mi oración más conocida, la del esfuerzo, dedicación y entrenamiento desordenado, supliendo la falta de talento, que los dioses no me han dado, mucha intensidad, concentración y buena cabeza para navegar entre chapas lejanas y distanciados gratuitos.

Tampoco le hago caso a mi último entrenador, ese que decidió que prefería entrenar solo gente joven, que lo mío era más un coste que un beneficio y que en su ruta de éxito ya no ocupaba un lugar. Me invitó a cenar en un sitio lo suficiente bueno como para no parecer cutre, pero lo suficiente ruidoso como para que no entráramos en ningún merecido reproche mutuo. Nos acompañó el resto del equipo, incluido algún ajusticiado como yo. No tengo interés en saber qué tal les va, me suele pasar, el presente es tan intenso como para soportar la carga del pasado, eso sí, no olvido, no sea que en un futuro cuando se haga presente aparezcan por el sector a gorronear cintas puestas.

Tropecientas vías nuevas cada año hacen que nos queden muchas historias por contar, de aquí y de las que cuentas los que vienen por aquí. Cuenca siempre.