Retomemos el trovar de los hechos, escribamos a los penitentes de la vertical, vuelvo a los soliloquios de nuestro mundo, ese que ha ensanchado, ese donde lo que importa, y esto siempre fue así, es encadenar.
Sigue siendo fácil dormir en algún “parking”, sin que amenazas de regulaciones y prohibiciones escalen a multas y sanciones. La peregrinación de fin de semana sigue congregando a los miembros de la tribu, sin importar el origen, ajenos a nacionalidades y exclusiones, bordeando pequeños localismos tranquilos en su hacer, sin impacto en la fiscalización del esfuerzo, unos carteles inquisitorios lentamente se destiñen quedando unos postes inservibles.
Otra vez vuelvo al ruedo, no os aburriré con el cansino “estoy volviendo” que se oye de tanto en cuando, tratando de auto justificar que, en este deporte de esfuerzo, los de mi generación, cualquier tiempo pasado fue mucho mejor. Suelo correr por las mañanas por la hoz y paso por debajo de vías que alguna vez hice o probé y que ahora no quiero mirar, ante la certeza que al dejar de ser inmortal el futuro no existe, solo tozudo presente.
Lo hago consciente de las sonrisas condescendientes de parte de la tribu, de aquellos que me tildan de mayor, obsoleto, poco adaptado a las nuevas corrientes, pensando que el devenir implacable del tiempo les justifica en su indulgencia.
No he hecho un pacto con el diablo, le temo demasiado, y por ello lo fío a mi oración más conocida, la del esfuerzo, dedicación y entrenamiento desordenado, supliendo la falta de talento, que los dioses no me han dado, mucha intensidad, concentración y buena cabeza para navegar entre chapas lejanas y distanciados gratuitos.
Tampoco le hago caso a mi último entrenador, ese que decidió que prefería entrenar solo gente joven, que lo mío era más un coste que un beneficio y que en su ruta de éxito ya no ocupaba un lugar. Me invitó a cenar en un sitio lo suficiente bueno como para no parecer cutre, pero lo suficiente ruidoso como para que no entráramos en ningún merecido reproche mutuo. Nos acompañó el resto del equipo, incluido algún ajusticiado como yo. No tengo interés en saber qué tal les va, me suele pasar, el presente es tan intenso como para soportar la carga del pasado, eso sí, no olvido, no sea que en un futuro cuando se haga presente aparezcan por el sector a gorronear cintas puestas.
Tropecientas vías nuevas cada año hacen que nos queden muchas historias por contar, de aquí y de las que cuentas los que vienen por aquí. Cuenca siempre.