lunes, 30 de enero de 2017

El muro

Hace muchos años que escalo, empecé a hacerlo antes que en ningún otro sitio en una pared en Salamanca, los locales lo conocemos como “el muro”. Una pared decorada con piedras de distintos tamaños y tipos que están pegadas en un callejón que da acceso a una instalación deportiva.

El muro
Allí Dani creó unas travesías, con pinturas de colores, y las graduó. Aun siendo un muro vertical consiguió hasta entrenar la fuerza necesaria para hacer desplomes, pintando pies minúsculos o adherencias, vías que llegaron hasta el 8a. Todo un ejercicio de innovación y visión de futuro, de ahí al primer tablón en un local y al Ache tablón sólo fue una sucesión de actos inteligentes.

Lo reseñable es que todo esto fue a finales de los ochenta. El muro ha viajado conmigo cada vez que me subo a una pared. El muro no es el que protege la guardia de la noche, no es el que suben los maratonianos a pocos kilómetros de llegar a la meta y, por supuesto, no es el que Trump va a levanta en la frontera mejicana, o acabar que el muro ya está iniciado.

Los escaladores los muros los subimos, no son barreras, hace tiempo que entendimos que el mundo es nuestro horizonte posible. Miramos las fotos de las grandes paredes que existen, maravillas de este mundo, y soñamos cordadas por ellas, imaginamos nuestros viajes, soñamos nuestros proyectos. Lo mejor de todo, los escaladores escalamos los muros.

Las noches de invierno, esas que llegan tan rápido estos días, que duran tanto, que juntan tantos ratos a contar nuestros sueños, son el escenario de charlas de veteranos de guerra, de compañeros de piratería, de mercenarios de la vertical. Tras la segunda cerveza y los consiguientes abrazos empieza el canto de los viajes vividos, de las paredes escaladas. Estaba en Cuenca el otro día, hacía un frío del carajo decían los locales y en una mesa nos sentamos ocho mureros, tras años vagando por el mundo nos reencontrábamos con la sonrisa de las aventuras compartidas.

Nos despedimos algunas horas después, prometiendo volver a hacerlo antes de que crucemos en la barca de Caronte por última vez. Tengo en la memoria las imágenes que me contaron de los lugares y muros donde hemos escalado: El Capitán en Yosemite, el Urriellu en Picos de Europa, las playas de Ton Sai en Tailandia, el Boulder en Hampi en la India, los bloques de Sudáfrica, las montañas de la Luna en África, el Todra en Marruecos, Franken en Alemania, Ceusse en Francia, Argentina, Cuba, China, Japón, Sicilia, Malta, Finlandia, Kalimnos en Grecia…


Podríamos seguir temiendo olvidar algún lugar. La última frontera es en nuestro mundo la Antártida, no hay muchas más, no hay barreras, sólo muros que escalar.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Cuento de invierno

El frío arrecia. El cielo se ha tornado gris plomizo. Nieva suavemente, sin prisa, sin mojar, cambiando a blanco el color de la ladera. Sentado a pie de vía me acurruco entre las capas de ropa y entorno los ojos y dejo vagar mis pensamientos. Me acuerdo de mi cuento de invierno.

Sopla el viento del norte. Los copos de nieve inundan el valle, en ráfagas lo tapan todo, me obligan a cerrar los ojos. Sabe a invierno. Huele a días cortos y calor de lumbre, huele a frío y a temblor de manos.



Circo de Solana
Hace veinticinco años ya. Era un día de diciembre como este. Niebla de mañana, muchos grados bajo cero y nieve fina que el limpiaparabrisas empuja como bolas de juegos de niños. El coche era ya viejo, la calefacción no estaba en su mejor momento. “Hoy no escalamos, hoy equipamos y algo hacemos”, me dijo con su vozarrón de chico grande. Taladro en el maletero y unas pocas chapas de diez, alguna cuerda vieja era el equipaje.

El viaje que tantas veces habíamos repetido se hizo largo, sufriendo cada curva con el hielo, pensando que arriba la nieve no nos iba a dejar pasar. Llegamos. Aparcamos al lado de la central eléctrica, miramos hacia arriba, no se veía nada, sólo el largo tubo del agua que se perdía en la niebla nos indicaba el destino.

Sentados en el coche, toda la ropa puesta, dudamos si darnos la vuelta. “Ni hablar, para arriba”. Subimos penosamente, abriendo huella, sonriendo a la niebla y a la nieve. Seguimos como siguen las cosas que no tienen mucho sentido, nos subimos a una pared y montamos un rappel, nos tiramos por el hielo de la pared y allí, entre el hielo y la roca, taladramos unos agujeros, imaginando pasos que no podíamos ver. Son los cuentos del invierno. Más tarde, el local que soñó la escuela me contó que los tuvo que cambiar todos.

Allí dejamos dos proyectos de vías. Fue la última vez que vi a mi amigo. Cambié de ciudad por circunstancias de la vida y no volví hasta el año siguiente, en medio un cáncer se lo llevó, en menos tiempo del que se tarda en contarlo, y la vida siguió.

La vía se llama “Cuento de invierno”, el mismo invierno que se llevó las nubes a última hora de la tarde para regalarnos una vista de las montañas. Recuerdo estar callado mirando los fríos rayos del sol colorear las cumbres nevadas de rosas imposibles. Él se rio como siempre e hizo una chanza que no recuerdo. Nos metimos en el coche y volvimos a nuestra ciudad de catedrales y puente romano.


El sol se apaga. Se levanta el aire, es norte dice alguien a mi lado. Recojo despacio mis cosas, miro allí donde todo se difumina y me acuerdo de aquellos días y de mi viejo amigo. Todos los años lo hago un día como hoy. Mientras viva y haya viento del norte el cuento de invierno viajará una vez más conmigo.

jueves, 17 de noviembre de 2016

In & Out

“¿Sigues con el blog?” resuena en mi cabeza de vez en cuando. El interlocutor es un escalador o escaladora que hace tiempo no me ve. Mi respuesta es siempre la misma, “ya no me lees, qué pena, así me echan de Desnivel”. Alguno que sigue la página web dice “ya no están donde antes los blogs”, es verdad, hay que buscarlos, siguen donde siempre, en las palabras escritas, en el relato de los hechos no importa quién los lea.

Empecé a correr este verano, mi gurú particular no me dejaba ni entrenar ni escalar hasta seis meses después del hechizo que me devolvió el codo. He corrido por bosques llenos de trasgus y xanas, por playas de cansadas gaviotas, por acantilados eternos enfrentados al mar del norte, por pueblos milenarios recorridos por peregrinos de un Santo del fin del mundo. He olido arces, eucaliptos, romeros, hayas, robles. He aspirado sus aromas llenando mi cuerpo de sonidos de animales de los bosques y de las playas.

He olvidado el ruido de las escuelas, de sus guerreros, de los gritos y los aplausos. He huido de ellas, no podía aguantar los aromas del fanatismo, la pelea con las vías, las jornadas de sudor y pegues. No he llamado para ver donde andaba el equipo, no he organizado los días para vagar hacia donde algún compañero de proyecto pasase los días. No he mirado el 8a.nu, no he preguntado por las mejores vías, no he soñado con vías este verano.

He estado fuera y he sentido la ausencia. He sufrido y superado el duelo. Poco a poco se me fue olvidando la escalada. Me refugié en el esfuerzo de mis carreras, de bajar los tiempos, de pelear la distancia.

Me he encontrado con amigos que ya no aprietan, que no buscan la dificultad como objetivo vital, que han sucumbido al esfuerzo de estar siempre al máximo, sin concesiones, que hablan de viejas batallas con la vías, de aquellos tiempos pasados cuando eran jóvenes e inmortales.

He estado fuera y he mirado a lo que hay al otro lado.

No me ha gustado.

Me reengancho. Vuelvo al tablón. A trabajar duro entre semana, a proyectar con mi entrenador los próximos días, vuelvo a las series sin fin, a los “mano arriba, pie pequeño, lanza a la más alta…”, vuelvo a la batalla, me embarco de nuevo como filibustero.

No tienen mi indulgencia los desertores, los que se bajaron del barco pirata, los que “ya no tienen edad”, los que han dejado de pelear.
“I am in” dicen los ingleses.

jueves, 28 de julio de 2016

Señales de humo

El asfalto se derrite bajo el sol abrasador de las calles de Madrid. Las torres de cristal y metal se difuminan en una pátina de calor, el cielo azul claro se aleja huyendo de la tierra. Las alpargatas se funden y amenazan con quedarse hundidas. No puedo salir volando, las aves hace días que abandonaron la ciudad, sólo las cigüeñas dudan si partir hacia África o dormir hasta el invierno.

Humo en Madrid
Una nube de humo ha pincelado el horizonte, el aire caliente la ha atrapado cerca del suelo, arde algún edificio lejano, sonido de bomberos, más calor en este infierno estival que se repite año tras año.

La vida mercenaria es así, lejos de los mares del sur de mis años piratas, cuidando las heridas de los años de combate. Refugiado en el proceso aspiro a volver, el ave fénix renace de sus cenizas, yo no llegaré a ellas, no quiero cruzar la última barrera.

Recuerdo chorreras de verano, forjadas en las lluvias del otoño, cinceladas en los hielos del invierno, moldeadas en la primavera. Blancas de magnesio y gente, sonríen en el hormiguero de escaladores, en fila interminable.

El fuego purifica, antiguos dioses reclaman su tributo, el humo se lleva los malos presagios. Esperaré paciente a la nueva estación y me uniré a los que sonríen al calor y al frío, a las adversidades y los éxitos, a los que saben leer señales de humo.

lunes, 27 de junio de 2016

Tiempo suspendido

Las luces del quirófano brillan con una extraña intensidad, sopla un aire frío, no es la brisa del norte, es el aire acondicionado, me rodea mucha gente extraña aun amable, miembros de su tribu, sus colores de guerra iguales, sus manos preparadas para la sangre y la incisión, me hablan pero no les entiendo, se nubla la vista y me duermo creo, mis ojos se cierran, ven sin mirar las imágenes que pueblan mis sueños.

Dolor
Dicen que uno en la anestesia no recuerdas nada. Entonces sigo allí, en algún lugar entre la nada y los recuerdos. Habitantes de mis sueños, pretorianos de la vertical, todos aquellos que me acompañan en el viaje sin destino de los días de escalada. No recuerdo a todos con los que he escalado, tampoco ellos a mí, caras conocidas a pie de vía, otras no. Desfilan en la noche infinita del sopor de la anestesia.

El codo ya no aguanta más, me dijo el gurú vasco que visité una mañana de lluvia, al que llegué preguntando, tras no obtener más que dudas a mis preguntas. Sólo así hay alguna opción. El dolor de las dentelladas ya no compensaba el esfuerzo. Se había instalado ahí cual grutesco medieval, formando parte de mí, ya me había acostumbrado a él, sacarlo era rozar el exorcismo, ponerlo en manos de los dioses.

Entre el sueño y sus nieblas los veo pasar. Una vida de pelea hace que recuerde compañeros de cordada tal como eran, como nos dejaron, como si el tiempo no hubiera pasado. El sol y la vida nos han dejado sus marcas, arrugas de veterano a pie de vía. Me sorprendo con los que se fueron primero, cuerdas, rápeles, coches, cánceres…. palabras que aprendí su significado a fuerza de grabarlas en las memoria con sus sonrisas y sus palabras, nunca más escuchadas.

No sé sigo allí, no sé si han conseguido extraerme mi compañero de dolor, no sé si volveré a pelear en las paredes, no sé si despertaré, si lo hago estaré solo, como estamos cada uno en este mundo, en el tiempo que nos toca, el que queremos estirar hasta el infinito, sin pactar con nadie.


Vuelvo, el dolor me saluda, es distinto, no es ese compañero de los últimos días, ese que clavó sus dientes en mi brazo y que daba dentelladas cuando quería. Parece que se despide, me aferro a él, ya nos habíamos hecho amigos, noto su partida y su despedida silenciosa, sé que no le voy a echar de menos aunque no lo olvidaré nunca, como los caídos en la batalla, los que honramos todos los años ese día que nos dejaron.

martes, 24 de mayo de 2016

Lecciones de economía y escalada: toma de decisión.

Escuelas y mercados: en búsqueda de la vía perfecta. Tema 4 y último.

Tras analizar la elasticidad de la oferta de las vías de escalada, la apuesta por la calidad del producto y de analizar los costes transaccionales del transporte llegamos al final de estas breves lecciones investigando sobre la búsqueda de la vía perfecta.

Tras abandonar la Vida Pirata no me ha quedado más remedio que trasladar a la escalada los conceptos fundamentales de la economía. Como sabemos es la asignación eficiente de recursos para la adquisición de un bien escaso. En mi caso es encadenar vías de mi máximo grado, de la mayor belleza posible, con el menor coste. 

Hay autores de referencia, como el gran Renaud, que argumentan que en general “queremos hacer grado sin esforzarnos”, sabia reflexión que ahonda en el sufrimiento, preparación y esfuerzo necesario, además del tiempo empleado en conseguir encadenar estas vías. Duele el cuerpo y duele el tiempo empleado, no hay otro método, en el grado máximo de cada escalador el esfuerzo para superarlo es máximo. Relacionado con la costumbre de verbalizar el esfuerzo como si ha “costado” mucho o poco", comparando productos de diferente elasticidad o calidad (un 7c con un 8a por ejemplo).

Volvamos a los criterios de eficiencia y de elasticidad por tanto. Busco la mayor elasticidad de las vías y su ubicación en un entorno que me permita llegar a ellas en el fin de semana, probarlas varias veces, y que se adapten a mis capacidades. Valoro en un cuadro de doble entrada la dificultad y la distancia a casa. Si están lejos aumentan los costes de transporte y el riesgo de perder el tiempo al no poder probarla, si hay cola en la vía por ejemplo, si hay mal tiempo o si sencillamente, una vez allí, está por encima de mis posibilidades y no puedo adquirirla/encadenarla.

Las escuelas funcionan como mercados, la relación entre escuelas asemeja a los mercados transfronterizos, con los costes derivados del transporte de los productos, en este caso los escaladores. Tenemos que utilizar el análisis económico para valorar qué es más rentable, si viajar a otra escuela buscando nuevas vías o quedarse en la cercana probando vías más difíciles, con los problemas y costes que existen en los dos casos.

Un caso típico de valoración de costes y decisión de precio relacionada con los gastos de adquisición, teniendo en cuenta la elasticidad del producto.

Fin de este temario, la semana que viene el examen.

lunes, 25 de abril de 2016

La competencia y los costes transaccionales: el Síndrome de Gulliver

Lecciones de economía y escalada: Tema 3

Encadenadas las vías comerciales, probadas las de mayor calidad, comprobado lo que nos va a costar y el tiempo a invertir en los proyectos nos encontramos ante lo que un profesor mío en la USAL (antes decíamos Universidad de Salamanca y sonaba mucho mejor que este acrónimo de ahora) denominaba macroputada keynesiana. 

A pie de vía te encuentras escaladores de todo el mundo, millennials, veteranos de guerra, locales, coleccionistas, que además de provocar un embotellamiento permanente, de cuyos efectos tengo otra lección preparada, también compartes información. Esta es una de las características del mercado y es que la información es conocida y compartida por sus integrantes. La conversación habitual es sobre la vía, sus movimientos, opciones y por supuesto sobre la elasticidad de su grado, vamos que si es comercial como vimos en la lección 1, aderezada con unas cuantas comparaciones con vías similares en otros lugares.

Surge en ese momento el Síndrome de Gulliver, el síndrome del viajero impenitente en la búsqueda de aquello que anhela. Buscamos conseguir vías increíbles con la elasticidad justa para nuestro éxito en un tiempo razonable. La cuadratura del círculo.

Hay vías para gigantes, para enanos, para ciudades volantes, y así un largo caminar. El grado el mismo, nuestro codiciado 8a elástico, el lugar lejos de casa, en una escuela de la que hemos oído hablar en leyendas, o en las realizaciones del 8a.nu.

Calculemos aquí una nueva variable para productos iguales y es la de los costes de tiempo y recursos en viajar a obtener esa vía. Sí, es la que buscamos, necesitamos tiempo y dinero para gastar en gasolina y en medios para viajar y estar en la escuela donde esté esa vía. Por tanto el coste de la obtención de la misma, aun teniendo el mismo grado (precio) es mayor, ya que hay que sumar esto a lo anterior.

Gulliver tiene unos costes que vamos a denominar transaccionales, para obtener la vía de un grado similar a los que tiene en su escuela de la que es local.

Existe una competencia tácita entre vías del mismo grado en distintas escuelas. Grado igual, coste distinto al incurrir en gastos de transporte y estancia, además de tiempo dedicado. Así funciona la competencia cuando no hay más barreras que los costes de transporte y tiempo.

Gulliver seguirá buscando vías en sus viajes, visitando escuelas y gentes, ciudades con costumbres disparatadas a los ojos de un viajero. Vamos como lo que nos ocurre cuando estiramos la elasticidad de nuestros sueños.