jueves, 9 de octubre de 2014

Menú escalador


Todos los años vuelvo a Gama, Recuevas dice Alber como si habláramos de sitios distintos. Tras recorrer el mundo, la vuelta a la Galia, la ruta del norte, encamino mis pasos a esta joya. Situada a los pies de la montaña cántabra, antesala de los picos palentinos, a pocas zancadas de Aguilar de Campoo, donde también el Pisuerga pasa por allí.

Son más de veinte años de amistad. Muchos de ellos haciendo sextos de calidad y probando séptimos duros y concentrados. Oro negro sigue siendo el 7b+ que más alegría me ha dado encadenar (siempre pensé que era 7c). Ahora pruebo sus octavos por placer y me sigo peleando con las demás. El estilo es nada comercial, en palabras de un local “hay que mover tres veces los pies para subir una mano”.

El valle está jalonado por viejos castillos medio derruidos entre los campos de Castilla, caminos de tierra surcan los páramos, los girasoles giran a un bondadoso sol inclemente en verano. La senda es clara, un montón de furgonetas en extraño equilibrio en la cuneta indican la entrada, caminas entre chopos, álamos y pinos descubriendo el cañón, paredes blancas, que se abre en un circo de tochos amplios, sombras y luces todo el día.

Hace tiempo que ya nadie acampa allí, espacio natural protegido, respetado por todos, limpio y cuidado. Vuelvo a probar los viejos proyectos y los nuevos, vuelvo a caer. Encadenamos algunos, dejamos nuevos pendientes, tal es nuestro oficio y así lo hemos decidido.

Allí hace algunos años que en Villallano, un pueblo que atraviesa la carretera, donde viven menos de cien vecinos en invierno, uno de los mejores chefs que he conocido, y os aseguro que unos cuantos sí conozco, abrió un restaurante donde deleita a los comensales con su fino gusto y exquisita cocina. Lleva más de cuatro años siendo incluido en la influyente guía Michelín. Proyecto valiente buscando ser una referencia culinaria a donde hay que ir. Aguilar es una localidad grande y ruta de entrada a Cantabria desde Castilla. Comer no es barato, el servicio es elegante, el sitio también, la carne del último día hecha a fuego lento de dieciséis horas es una delicia. José, así se llama nuestro héroe, también lo es de la vida, luchando desde hace tanto, que no lo recuerda, contra el tiempo y su cuerpo para que no se paren.

Elena es su contraparte en la vida y en el negocio. Mujer brava e inteligente, maneja el patio y los que por allí pasamos, ansiosos de la tortilla de patata y la cerveza de mediodía. Escaladores mezclados con los clientes habituales, por las noches conviven los forros polares con los trajes de noche de los clientes.

Hasta aquí los personajes. Ahora la historia.

El aperturista de la escuela pasa largas temporadas equipando en soledad, buscando y encontrando nuevas rutas, nuevas vías. Pasea por Recuevas y para en el Ticiano, se conocen y no hay que ser muy clarividente para darse cuenta que dinero no es lo que le sobra. Antes o después llegan a un pacto de plato combinado, fuera del menú del restaurante por, un precio razonable, ese que roza los diez euros, alguno arriba alguno abajo. Un poco de ensalada, algún huevo frito y lo que haya quedado en cocina, un día carne a la brasa, otro un filete de mero, otro cualquier delicatessen que la mente del chef ha cocinado.

Así que sin darnos cuenta le explica que no va a pagar el precio de la carta pero sí quiere comer. Solución propuesta, el “menú escalador”, doce euros y cocina Michelín para los guerreros de la roca. Nos reímos y se lo cuento a los jefes del lugar que lo contaré por ahí. Claro que sí Gonso me contesta. Eso hemos hecho desde hace tiempo y eso sigo haciendo.

Todo el que pasa por esta escuela lo sabe. Escaladas duras y comida de autor. Gente inteligente a los mandos de un negocio, aprovechando los distintos perfiles de clientes y sus capacidades de pago.

Acabábamos el postre, un genio culinario ya os digo. Cuando ella se acercó y me contó que hacía unas semanas habían llegado unos escaladores preguntando directamente por el menú escalador. “Te guiñé un ojo aunque no me vieras”, me confesó, estos me los has mandado. No tengo dudas de lo que pasó.

Girasoles camino a Gama

martes, 16 de septiembre de 2014

La vuelta a la Galia


Empecé a leer los cómic de Astérix y Obélix de niño en la biblioteca de mi pueblo en vacaciones de verano. Enseguida me enganché a sus andanzas y travesuras por toda Europa, a sus peleas con las guarniciones romanas, a sus banquetes, tan poco mediterráneos, a base de jabalí asado y, cómo no, a la poción mágica del druida Panorámix.

Uno de los libros que recuerdo con mayor devoción si cabe es el de la Vuelta a la Galia. En él los intrépidos galos, cercados por las guarniciones romanas, retan al enviado de César a que serán capaces de salir sin problemas de la aldea, recorrer la Galia y volver a casa con un producto típico de cada región que visiten, invitando al banquete al mismo César si quisiera. Ahí empieza una divertida aventura, ironizando Goscinny y Uderzo sobre sus compatriotas y sus costumbres. Deliciosa historia de correcalles y mamporros con final feliz, no para los romanos, o sí, según se mire.

Así que cual irreductibles galos (salmantinos en todo caso), nos fuimos para la Galia en verano, vía Rodellar claro, y nos plantamos decididos a escalar alguna de las vías deportivas clásicas, allí por donde pasáramos. La Galia es diversa, grande como dicen ellos, de clima cambiante, salpicado de lluvias y de noches frescas. Sin hablar más que dos palabras de su idioma, una vez más, allí nos presentamos.

La primera parada fue en las Gorges du Tarn, el Tarn que decimos los escaladores patrios. Hacía frío y estaba lluvioso, perfecto pensamos, no así la dueña del camping de Terrados en Les Vignes que lamentaba que tanto tiempo malo había ahuyentado a los catalanes (para ella todos los que venimos del sur de los Pirineos son catalanes pues es de dónde van mas). La escuela ha sufrido una transformación de unos años acá. Se ha reequipado entera, con químicos y reuniones de calidad, manteniendo el estilo de su apertura, vías protegidas abajo y largos vuelos según se gana altura. En todos los sectores hay un cartel explicativo de dónde se puede escalar, a qué parte de la guía se corresponde y unas normas de comportamiento así como unas líneas explicativas del consenso de todos para que se pueda escalar en una zona protegida medioambientalmente, y con especies de alta sensibilidad. Un entendimiento que además de protección permita un turismo que potencie la economía de la zona y sus gentes.

Dejamos el Tarn y nos adentramos por carreteras y parajes fuera de la autovía principal. Aparcábamos la caravana en donde nos encontraba la noche, sorprendiéndonos de no ser perseguidos como sospechosos campistas como ocurre en la piel de toro. Cruzamos cerca de Cëusse, esta vez no estaba previsto subir, y nos dirigimos a La Balme, chorreras chorreantes esta vez de lluvia de caliza. Lástima porque prometía la visita. Fueron unas lluvias de finales de julio que nos acompañaron demasiados días. También en nuestra ruta a Chamonix, pasando por Annecy, pequeña Venecia del norte, joya de un país lleno de ellas.

Seguiría contando sobre Chamonix, los Alpes de su belleza única, nieves de verano, cumbres de bellas historias de montañeros de raza. Hay mejores relatos que el mío sobre ello. En esta crónica cabe hablar de las mil tiendas que allí hay, de lo fácil que es alojarse y permanecer allí si se tiene la paciencia de buscar un sitio donde dejar la furgoneta, gracias Dani por la indicación. También los hay. Puede ser que desde los tiempos de Astérix y Obélix los franceses asumen como una forma de vida la de quien la hace en un carromato, la colección entera de cómic está llena de gentes moviéndose en ellos, de una aldea a otra.

Llama la atención que el precio de la gasolina, indicador directo del consumo del viajero, es más barata en Francia que aquí. No en las gasolineras de las autovías, esas aprovechan al cliente cautivo del peaje, no, me refiero a las de las carreteras secundarias, ahí es donde estaba más barata. Todo una comparación. No así el menú del día o del escalador, de media sube de los quince euros, no comparable a la media de nueve o diez de aquí, más de un cuarenta por ciento más caro.

No dejéis de pasar por la región de Briançon, nos recomendó el francés que habita y equipa por las escuelas de España. Así lo hicimos. Cámpings baratos, zonas de escalada bien señalizadas, altura, buenas vías, tranquilidad en la estancia, en la escalada, en la zona. Allí nos demoramos más días de los previstos, indicador de la calidad de la zona y sus posibilidades.

Bajábamos por el Col de Lautaret, dejamos Alpe d'Huez a un lado y nos paramos a dormir. Nadie llamó a nuestra puerta, ni nos cogió la matrícula. Amanecimos a mil ochocientos metros, con uno de los glaciares de los Alpes al fondo, después de una noche de estrellas y vía láctea que se ha quedado grabada en la memoria.

Muchos días después decidimos volver a nuestra aldea, el verano seguía. Devoramos kilómetros haciendo alguna escala técnica, no rentable económicamente hablando, desviándonos algunos cientos de kilómetros para intentar encadenar aquella vía que dejamos pendiente, y seguimos la ruta de los pirineos, su vertiente norte, bella y blanca todo el año. Pero esa es otra historia que diría Michael Ende.

No hemos hecho ni remotamente la vuelta que dio Astérix y Obélix, pero sí hemos disfrutado de un país acogedor. Incontables son las veces que intentaron hablar en castellano con nosotros, al no darse cuenta que no sabíamos francés, y no en inglés, un país que regula y disfruta de la escalada y de las gentes que la practican. Sí compramos viandas y productos típicos allí donde íbamos, quesos, vinos, dulces.... que disfrutamos en más de un banquete a la luz de las mismas estrellas que a ellos les tintinean también en las noches de verano.

domingo, 31 de agosto de 2014

Subpajarianos


Nos juntamos en el bar y el local nos preguntó si nos tomábamos unas sidras antes de cenar, asentimos dispuestos a celebrar los encadenes ajenos, más habituales que los propios, nos contó y gritó al camarero “seis”, yo atónito pregunté “¿seis botellas?”, en su bable dijo “no home, seis cajas”.

No todo se reduce a cifras y letras en la economía. Hay una serie de variables que determinan comportamientos económicos, no fáciles de cuantificar, pero que inciden de una manera directa en ellos. La localización geográfica de una economía o zona de influencia económica es una de ellas.

No hay que ser un lince para darse cuenta del modo de hacer de un nórdico europeo, metódico, ordenado, inflexible, riguroso, con un sureño, pongamos un habitante de las playas del Mediterráneo, imaginativos, flexibles, tendentes a la improvisación. Es de donde proceden y el clima que les marca la vida.

Todo esto me vino a la mente en Teverga, disfrutando del mejor parking de escaladores del mundo en verano, cuando una asturiana de pro me explicó que ciertas cosas no las iba a entender ya que soy “subpajariano”, matizó acto seguido “vives por debajo del puerto de Pajares”, para el que no lo sepa es uno de los accesos posibles a Asturias desde el sur, sin duda, el más llamativo.

Subpajarianos nos afincamos en este valle, de Marabio a Ventana bañado por el río Teverga, a disfrutar de un modo de vida que no entendemos

Teverga se llena de escaladores patrios, demasiado lejos para foráneos de allende los Pirineos, buscando el suave verano atlántico del valle, el orbayu intermitente, las buenas zonas con todas las orientaciones, la buena comida con los menús baratos, de comida casera y generosos en las cantidades, y el coste cero de una zona de pernoctar con agua, duchas de agua fría, servicios, zona para los vehículos grandes y permisividad en la instalación de las tiendas de campaña.

Será que soy del sur. Me gustan cómo se hacen las cosas por encima de Pajares.


lunes, 21 de julio de 2014

El trucu ye apretar


La tarde languidecía con los últimos rayos del sol iluminando la iglesia y las casas de Rodellar. Sentado a mi lado hablaban dos escaladores sobre cómo hacer un paso que se había atragantado en la vía que estaban probando. Uno le preguntaba al otro, “¿cual es el truco del paso?”. Aquí os explicaré que en la escalada, con frecuencia, se encuentran secuencias de movimientos que según cómo coloques el cuerpo, las piernas, las rodillas, los talones, u otra parte del cuerpo, o según cómo hagas la secuencia de movimientos de manos y pies, éste resulta más fácil o posible de hacer para el que lo prueba. El segundo escalador, asturiano de nacimiento y con el bable como primer habla, le miró sorprendido y sentenció “el trucu ye apretar”.

La traducción es simple, el truco no lo hay, lo que tienes que hacer es apretar, esforzarte, llegar al límite de tus posibilidades y sufrir, para hacerlo. En la escalada eso es apretar. Detrás están horas de entrenamiento, horas probando movimientos en vías de dificultad creciente, prepararse para encadenar la vía.

La mayoría de los escaladores prueban vías, encadenan algunas, y prueban vías más duras, denominando proyectos a esas que no se consiguen hacer y que requieren de preparación y, por supuesto, de probar repetidas veces. En el argot a esto se le llama “dar pegues”.

Una sonrisa se dibujó en el rostro de los que allí estábamos. Respuesta simple a un dilema simple. Rodellar sigue siendo uno de los principales atractivos del norte de España, la mejor escuela del mundo en verano si quieres subirte por largas chorreras y pelear contra la ingravidez en sus muchos desplomes. Sigue viniendo gente de los confines del mundo, empiezan a aparecer japoneses, coreanos, además de los habitantes habituales, franceses, brasileños, argentinos. Vienen a hacer descenso de cañones, patear, escalar, disfrutar del cálido clima entre montañas.

Utilizan el camping, los albergues, el refugio, el hotel, todos con el cartel de completo en algún momento de la temporada. No ha sido ninguna empresa pública del Gobierno de Aragón la que gestiona esta actividad, al estilo de las de la nieve, no. Ha sido y está siendo la iniciativa privada, empresarios que invierten en infraestructuras, mejorar edificios y construir nuevos establecimientos, los que están aprovechando este recurso difuso que es el ocio en el tiempo libre.

Algunos de los compañeros ocasionales de cordada son los que luego están contratados en estos lugares, empresas de multiaventura o en trabajos temporales y a tiempo parcial. Llegan con la primavera, disfrutan el verano y menguan en invierno, aunque cada vez se quedan más todo el año. Círculos de interés mutuo. El truco es trabajar, conseguir un dinero para vivir haciendo lo que les gusta. El truco es trabajar e invertir en establecimientos que ofrezcan servicios a precios competitivos para que la gente se quede.

Hay una interconexión económica en este flujo de caja, como se denomina en economía. Varias partes pueden sacar mutuo beneficio, empresarios, trabajadores, escaladores, turistas ocasionales, habituales del verano. Unos invierten para conseguir beneficio, otros ofrecen mano de obra, barata en la mayoría de los casos, para conseguir el tiempo y el dinero para permanecer escalando, otros somos los que disfrutamos del lugar en un tiempo con unos servicios razonables.

Hay opiniones en contra de esta mercantilización del espacio natural, se pierde el espíritu libre de acampar y escalar donde no haya limitaciones. En estos lugares es difícil mantener este sistema, somos muchos, cada vez más, que queremos disfrutar de un entorno natural cuidado y con posibilidades. Tiene un coste que hay que soportar. No todo se reduce a beneficios y contrapartidas argumentan. Pero sí las hay en la gestión de las basuras que se producen, en el desparrame de algunos parkings descontrolados, en la ausencia de un sistema de gestión interrelacionado, en la posibilidad de alojarse, de comer o cenar.

Rodellar genera gracias a estos lugares alguno de los momentos que el escalador buscaa en esta vida, cenar en el Kalandraka una lasagna vegetal, tomar café en el la terraza del hotel, desayunar en el camping, rodeado de las paredes y los que vivimos por ellas, escalar una larga chorrera.

El trucu ye apretar.

lunes, 9 de junio de 2014

Momo y los hombres de gris


No estaba buscando ese libro en el trastero. Ni siquiera estaba buscando libros. Mi trastero es un espacio del recuerdo, allí se almacenan en un orden cercano a los principios de la entropía, tendiendo al máximo desorden, misterios del tiempo y el espacio comparten rincón dos crashpads con una vieja tabla de surf, sujetados por una fila de libros que llega hasta el techo, palabras que han visto mis ojos para dormir hasta un nuevo lector.

Partía a hacer penitencia a la ermita, lugar de peregrinación obligado en Cuenca, buscando cuerdas, cintas viejas para dejar y demás enseres, cuando se me vino encima la columna de libros. La escena invita a la sonrisa tratando de sujetar el tsunami con las manos, siendo enterrado entre trastos e historias.

Me senté a comprobar el desaguisado cuando un libro llamó mi atención sobre el desorden. Momo, maravillosa novela de Michael Ende, sí el de la Historia Interminable, que escribió en 1.973. Me senté en el montón creado y empecé a releer sus páginas. Espero que lo hayáis leído, si no es así leerlo primero y no sigáis con estas líneas, en todo caso os contaré que Momo es una historia sobre la vida, sobre el tiempo que tenemos y lo que hacemos con él. Los hombres de gris nos guardan el tiempo en su banco del tiempo, tiempo que ahorramos y no disfrutamos. El tiempo son bellas flores que crecen, todas distintas y se pueden guardar o disfrutar su belleza.

Tiempo es un valor económico, primera variable en la ecuación del trabajo, normalmente tiempo mas habilidades a cambio de un salario. También lo es en el principal problema de la economía familiar, capital prestado a devolver más los intereses que genera por el paso del tiempo. Las hojas que los hombres de gris nos guardan en el banco del tiempo. Intereses que pagamos y no disfrutamos, hojas que se marchitan. Sencillamente genial leer Momo.

Sentado en la ermita, entre pegue y pegue, seguía leyendo a Momo cuando se acercó John, un americano que conocí una mañana en Margalef, volví a coincidir algunos meses después en Rodellar, y ahora, con su característica sonrisa en la boca, en Cuenca. Charlamos como hacemos los miembros de esta tribu, tras las preguntas rituales, pasamos a las hazañas cosechadas en nuestras batallas en la roca, por último cuando la conversación languidecía me preguntó: “¿por qué tenéis tanto tiempo libre los españoles? Siempre os veo escalando”. “¿Has leído Momo?” le pregunté yo. “No os entiendo” fue su respuesta. La conversación murió en ese instante y la hoja del tiempo conjunto también.

Él se sorprende de vernos siempre escalando. Yo me he sorprendido de verle a él tanto tiempo en España en tantos sitios, siendo estudiante, según él. El parámetro es el mismo, el tiempo empleado, inversión realizada en nuestra principal actividad. El valor económico del tiempo empleado es utilizado desde las marcas de ropa deportiva, cuerdas, a los restaurantes, campings, hoteles, casas rurales, pasando por zapateros, empresas de alquiler, agencias de viajes y vendedores de vehículos.

Antes de la crisis económica se hablaba del tiempo libre, la reducción de las jornadas de trabajo y la cultura del ocio. Se ocultó durante unos años cuando otras prioridades básicas no estaban cubiertas. Eso sí, siempre quedó el factor tiempo como denominador común.

Emplearé unas cuantas flores de las del libro de Momo para seguir acercándome al “Ladrón de Cuerdas”, uno de los proyectos en curso. Como libros amontonadas en mi trastero guardo las vías que ya he encadenado. A veces se cae alguna y vuelvo por ella. El gusto no es el mismo, el de la historia repetida, por muy buena que sea, siempre es más intensa la emoción de la próxima. Mientras nos dure el tiempo.

martes, 13 de mayo de 2014

Cárabos en el camino


Cuentan que en una reunión de la Asociación de Escalada Sostenible con responsables de Medio Ambiente en Cuenca sobre temas varios, como rezaba el orden del día, que, al llegar al punto del posible levantamiento parcial de la prohibición de escalar en el Sector Piscinas, el funcionario de turno argumentó que era el entorno de nidificación de una pareja de cárabos, quizás la única en la hoz. Acto seguido explicó que este bello ave nocturno rapaz todavía no había decidido este año donde nidificar y que había que estar a la expectativa. “Vamos, que no sabéis dónde está”, fue la repuesta de uno de los representantes de los escaladores. Ante la mirada atónita y sorprendida de los funcionarios les explicó que él sí sabía dónde estaba y ya había nidificado.

La reunión siguió como siguen las cosas que no tienen ningún sentido, como canta Sabina, y se acordó que en un futuro se acordaría lo que hubiera que acordar. Una foto para el blog, y apretón de manos, una declaración del tremendo avance y acuerdo, y la vida sigue igual. No se puede escalar en Piscinas.

Buscábamos la sombra de la mañana en el Camino, sector clásico conquense, compartido por viandantes, runners, ciclistas, escaladores y canoas por el río. Empezamos a escalar en una vía no muy frecuentada y para nuestra sorpresa, cerca de la reunión, exactamente a un metro a su izquierda, de un agujero salió volando lo que nos pareció un ave nocturna rapaz. No soy buen ornitólogo así que no sé si es un Strix Aluco (Cárabo en su nombre en latín) u otro tipo. Seguramente no lo fuera. Una lechuza seguro que sí, y ese es el nombre común que usamos para unos pocos de estos tipos de aves. Me gusta pensar que una vez nos fuimos, poniendo un cartel con esparadrapo con la palabra “nido” escrita a boli, no llevábamos una llave para desequipar la vía, e informar a la AESZC, los tres huevos del nido volvieron a ser cubiertos por el manto protector de la madre.

No sé si hay que cerrar temporalmente el Camino y abrir el sector Piscinas, sí tengo claro que el monolito y los que hay a su alrededor habría que desequiparlos hasta que el nido esté vacío. Nuestra lechuza ha sido capaz de buscar otro sitio para anidar más cerca de la aglomeración que la soledad creada para ella en las Piscinas, sorpresas de los animales en libertad.

Acabamos el día duro de escalada sin pasar por el Alcampo, curiosa forma de espantarnos, no ha hecho falta una norma escrita, sin más nos hemos buscado otro lugar. Aparcando en la playa municipal, que así se llama el conquistado territorio para el colectivo fanático, que fin de semana sí y fin de semana también, donde se duerme, se celebran los éxitos, se discute del grado y de los movimientos y se comparte la tranquilidad de la noche conquense y la hospitalidad creciente de la ciudad.

Debemos cambiar el nombre del parking de piscinas por el de Rincón del Cárabo, ahora que ya no se multa por pernoctar en la ciudad y que los escaladores cuidan y mantienen. El parking se llena por las noches, se vacía por el día, en un ritmo acorde a las horas de insolación y al distinto ritmo de sus ocupantes. Puedes oír flamenco a viva voz, conversar con algún habitual de las páginas de encadenes de alta dificultad, conseguir referencias de lugares y vías, o simplemente compartir cerveza o café, según la hora con compañeros de oficio, no necesariamente de cordada.

Puedes ver a José Yáñez facilitando la guía nueva de Cuenca, trabajo fino para Desnivel, mejorando las publicaciones hasta la fecha, con calidad en las imágenes, en la información de las vías, en las recomendaciones, en la introducción motivante del primero de la fila de esta zona, de nuevo “on fire” por decisión propia, que espero sea un éxito de ventas para la editorial y llene la escuela de gentes, aun cuando ello nos lleve a tener que gestionar los problemas de la aglomeración.

Algo sigue cambiando. Cuenca crece y mejora, referente mundial de lugar para escalar en su sentido amplio, vías, alojamiento, restauración, ambiente fanático y belleza tanto del entorno como de la milenaria ciudad, Patrimonio de la Humanidad.

Me subo a la ermita, allí pasaré los meses de calor. Me declaro penitente on fire, con permiso de Luis Alfonso, hasta que consiga subirme por alguna de sus propuestas. Tengo tiempo, ganas y motivación. Allí os espero.

Parking del Cárabo

martes, 29 de abril de 2014

Cánticos de la Lejana Tierra

Leía en mi ebook un libro de Arthur C. Clarke “Cánticos de la Lejana Tierra” (Songs of a Distance Earth, 1984), consecuencia habitual de mi hábito impenitente de leer y de la mala suerte de lesionarme un dedo, esguince leve, diez días de reposo, en mi tercer día de vacaciones de Semana Santa, que se iban a prolongar hasta los quince, sentado en mi silla de campo a pié de vía en la Finestra, Margalef, paraíso de la escalada en este planeta.

Paciencia ante la lesión, una vez decidido no abortar las vacaciones de los demás por poder llevar el reposo con paciencia, aún con el desánimo de ver las rutinas de los grupos de escaladores todas las mañanas, sólo disfrutando de los días de reposo de los demás, tantas veces denostados, esta vez esperados.

El libro es un relato, a partir de aquí no leáis quienes tengáis intención de leerlo, sobre los tripulantes de la última nave espacial que abandona la tierra, en un futuro remoto, antes de que el sol se convierta en una supernova y engulla el sistema solar, rumbo a una lejana galaxia donde es posible llegar a un mundo habitable. Azares del espacio sufren una avería y tienen que hacer una parada para arreglar la nave en un planeta a medio camino, donde unos siglos atrás llegó una nave igual, de las primeras que huyeron de la segura destrucción de la tierra. El planeta se llama Thalassa y los hombres llevan varios siglos allí asentados, desarrollando su nueva cultura y desarrollo tecnológico. El choque entre hombres iguales pero con culturas diferentes es la parte troncal de la novela, sus interrelaciones, sus distintas formas de pensar, su incomprensión mutua ante costumbres de los Thalassanos y de los terráqueos. El desenlace es interesante leerlo. Arthur C. Clarke escribió “2001, una odisea espacial” o “Cita con Rama” entre otros. Un genio.

El día había sido frío, el atardecer coloreaba de naranja las paredes salpicadas de magnesio, adormilado en la silla contemplé una costumbre que cual Thalassano había variado de un lugar a otro. Aún quedaban algunas horas para el cierre del sector cuando un grupo de habitantes del interior de Europa, integrantes de un equipo nacional juvenil, con su grupo de monitores y simpatizantes, recogieron todo el material, cual ejército de hormigas volvieron a la tranquilidad del refugio de el Racó de la Finestra y las atenciones de Jordi.

Las vías son igual de buenas a media tarde, la temperatura mejora, la luz no es tan intensa y se ven mejor los cantos de los pies, momento idóneo para los locales para seguir escalando y disfrutando de una insospechada soledad, tras las aglomeraciones del día.

No ha sido la única diferencia, claro, no puedo comparar la hora de inicio. Cuando llegamos, tras la imprescindible tertulia/coloquio/desayuno/almuerzo habitual de nuestra cultura, ya estaban ellos allí, con pinta de llevar muchas horas. Ordenados y sistemáticos. Habituales de rokódromos, ignorantes de las técnicas del aseguramiento dinámico, simpáticos y fanáticos. Fuertes y con la misma motivación o más que la nuestra. Distintos, no hay duda, reflejaban en su cara la sorpresa ante nuestras maneras.

La mayoría de nosotros vivimos en la vieja Europa, tenemos un segundo idioma común, manejamos la misma moneda y nos movemos en el mismo uso horario. Sin embargo hemos evolucionado de forma distinta, hemos adaptado nuestro ritmo a nuestro sol y con ello nuestra cultura, nuestra gastronomía, los horarios de los comercios y los restaurantes y de trabajo. No ha hecho falta siglos de habitar mundos distintos y separarnos, sólo un sol y una latitud distinta para favorecer lo que nos diferencia.

Vienen de lejos, han viajado hacia el sur, disfrutan poniendo su piel ante el dios sol, esperando que ésta torne hacia los tonos tostados y morenos de los sureños, ignorantes de nuestros siglos de adaptación genética a los largos días de verano. Cambié la silla a otro sector a la sombra tras los primeros rayos que nos golpeaban en el lento caminar solar. Ellos se quedaron allí, disfrutando de un sol esquivo en su mundo, tapado por largos días de lluvia y veranos cortos. No vieron el rayo azul del crepúsculo, ni la sonrisa de la luna llena de esos días. Nosotros no vimos sus caras ni dónde miraban. No llegamos a entenderlos, sí compartimos unas cervezas y muchas risas.

Acabó la semana y partieron en su nave. Nos dimos unos abrazos y nos citamos en las estrellas. Algunos no han partido, han preferido este paraíso que el que puedan encontrar. Ninguno de los nuestros ha partido con ellos, al menos en este viaje. Compartimos las estrellas, eso nos vale.