miércoles, 6 de septiembre de 2017

El cielo puede esperar

Llovía mansamente a primera hora de la mañana. No había dejado de hacerlo desde el día anterior a media tarde. Último día de agosto, último día para intentar la vía que se nos había resistido tarde tras tarde. Me levanté y me fui a correr, actividad iconoclasta, no recomendada si quieres tener fuerzas para el objetivo del día. Guiño al cielo y directo a los caminos embarrados, la realidad del cieno me devolvió a la carretera, más dura, más transitable.

La niebla del norte se colaba por el valle, no dejaba ver la profundidad de la borrasca, tampoco el horizonte, otros días azul. Unos pocos pasos y el cerebro ya se había desconectado del presente y vagaba por los días de vacaciones pasados. Días de sol y calor, olas de ambos sucesivas, rutas y escuelas del norte, paredes a la sombra, buscando el relente de la tarde, sin vientos del norte, sin piedad del verano.

Buscaba, como todos los años, subirme por esas vías que son monumentos de nuestro deporte, enclavadas en lugares mágicos, cerca de ríos y cañones que nos sucederán a todas las generaciones futuras, mantra de esta. Elegidos los objetivos, peleado hasta el límite de cada uno, vencidos por la realidad de nuestros límites, empujados, como nos gusta decir, en nuestras barreras.

Tantas tardes de entrenamiento robadas a los ratos de familia, de otros amigos que quizás existan fuera del plafón, de series infinitas de presas de colores, listones de madera y cintas colgadas del techo, pesas para lastrar, pasan por la memoria. Próximo destino necesario para el tiempo que se avecina, el que hay entre fin de semana y fin de semana. Mente en blanco y gotas de agua.

La lluvia arreciaba. Se acabó la opción de subir a escalar, ya sólo quedaba ir a recoger el material. Mirada de fastidio del compañero de camino al sector, solo, abandonado, chorreras eternas mojadas, placas grises vueltas más oscuras, charcos en los recodos. Material al macuto y camino a casa. No sin pensar que el año que viene volveremos, o no, a por ellas, o serán otras en otros lugares.

Los kilómetros se sucedían y la lluvia quedó atrás. Desde el volante se veía un cielo azul, tachonado de nubes blancas. Lástima pensaba, seguro que hoy era el día, el último, en el que se concentran todas las razones para encadenar. El cielo podía haber esperado un día más.

Adelante Madrid y sus largas tardes del fin de verano, con el calor impenitente del verano no acabado. El trabajo imprescindible para los sueños del próximo verano. Los días que faltan para volver a la carretera y soñar con los días piratas. Moriremos sin haber hecho todas las que hemos deseado, es un hecho incuestionable, mientras….


el cielo puede esperar.

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