miércoles, 30 de mayo de 2018

Mi amigo francés


El otro día estaba a pie de vía, asegurando a mi amigo el ingeniero, el cual probaba un clásico moderno conquense, “La tupé Flashe”. La vía lleva equipada unos pocos años por el amigo francés que, antes de abandonar la vida pirata, vivió una temporada en Cuenca en su furgoneta escalando, equipando y decotando vías, todo a la vez y con mucha argumentación.

Mi amigo francés, que es famoso porque no para de equipar, ahora metido en el último secretivo a voces de estos lares, dejó alguna joya en Cuenca. Las equipó, las escaló y las graduó. Después se fue a otros lares y de habitual impenitente pasó a visitante esporádico, recuerdo de un tiempo pasado, de los muchos lugares que ha recorrido.

La vía aparece en la Guía de escalada de Cuenca con un grado de 7c+, resultado de una discrepancia entre el francés y los primeros repetidores, algunos de los tacañones habituales y de la novedad de la propuesta.

El consenso general de los escaladores que la han repetido es una graduación de 8a. Así aparece en una de las páginas web de obligada visita para la consulta comercial de vías, el 8a.nu.

Requiere un pequeño análisis este tema, en días de búsqueda de consenso, de partidos políticos tratando de ponerse de acuerdo. Buscar puntos en común sobre puntos donde hay discrepancias.

Los que tenían el “poder” de graduar la vía lo hicieron no atendiendo al criterio general, sino que se dejaron influir por puntualizar al francés, por decirlo de aquella manera, en respuesta a ciertas puntualizaciones del mismo. La “gente” tiene claro que no es correcto. 

No necesitamos cambiar el grado en la guía. Todos sabemos cuál es.
Una vez más la escalada va por delante. Genera consenso. Deporte asociativo y colaborativo. Sin fronteras ni muros, sólo los que se escalan. Nada más por hoy, nada menos.

miércoles, 18 de abril de 2018

¿Cuánto cuesta cagar en el monte?

La de veces que ocurre en el monte. Ante la llamada de la naturaleza, y sin cuarto de baño cerca, no los hay, uno tiene que aplicarse en desahogarse y no dejar rastro. Nada que decir. El problema es que, no será porque no sepamos que nos va a pasar, no esté preparado para ello el escalador, ciclista, runner, rutero o cualquier miembro de las tribus que salimos al monte.

Hay zonas que son un auténtico estercolero, lleno de restos de papel higiénico, piedras que mal esconden debajo cacas varias. Trozos de papel higiénico, desperdigados detrás de arbustos y malezas. No hay disculpa ante esta situación, ni indulgencia ante estos comportamientos.

Hay un consenso sobre cuál debe ser la actuación en estos casos. Uno se aleja de una zona frecuentada, cava un hoyo de al menos quince centímetros de profundidad, deposita allí sus excrementos, se limpia con un papel higiénico, tapa el agujero con la tierra reservada de cavar el mismo y se lleva el papel usado, lo guarda en una bolsa de basura y se lo lleva con los desperdicios para arrojarlo a un contenedor de orgánicos.

Esto es innegociable. Ya no hay que permitir que cualquiera que diga que se va al baño, lo haga sin llevar la pala y la bolsa de desperdicios. Todavía hay quien va y se aleja del grupo con sólo un rollo de papel higiénico y la excusa en la boca de que lo deja bien enterrado. A ver si nos enteramos, el papel no se entierra, se recoge y no se deja en el monte.

Sigamos con la situación y analicemos cuánto cuesta cagar en el monte. Vamos a calcular cuál es el coste de tener el material necesario en la mochila:

a)    Pala para hacer el agujero: un máximo de 10 euros. Disponible en cualquier tienda, almacén o incluso que te le lleven a casa los drones de Amazon.
b)    Paquete de Kleenex: en los semáforos es un euro el paquete, en la tienda un euro por un paquete de diez o doce, según oferta, con diez kleenex cada uno.
c)    Bolsa de recoger los desperdicios: de las que venden para recoger las cacas de los perros. Las venden en cualquier tienda o en los chinos. Vale más o menos un euro la bolsa con tres paquetes con diez bolsas cada uno.

Si sumamos las tres cantidades de los tres productos son 12 euros.
La pala es para siempre, los kleenex son 120 papeles, que si usas una media de dos o tres cada vez resultan entre 30 y 50 veces que puedes ir al baño. Hay treinta bolsas de plástico, asumamos, por tanto que se va 30 veces. Si dividimos los 12 euros entre las treinta veces que vamos al baño da el resultado de 40 céntimos cada vez.

Sigamos suponiendo. Cuando se acaben las bolsas y los kleenex vuelves a comprar un pack de ambos. Te gastas la considerable suma de dos euros. La pala, si no la has perdido, algún desastre hay por la vida, la mantienes en tu mochila de ataque. Eso implica que dos euros entre treinta, móvil en mano, dan 7 céntimos redondeando. No llega a una de esas monedas que ya ni los milenials usan, no ya los noruegos que no usan ni las de euro.
La siguiente vez es igual a la anterior. Llegamos, por tanto, a la conclusión que, tras una inversión inicial de diez euros de la pala, cuesta 7 céntimos cagar en el monte sin dejar ni un resto de nuestra presencia. En un fin de semana 14 céntimos si da la casualidad que cada día nos escondemos detrás de los arbustos.

De verdad que no se entiende que el monte parezca una letrina infecta.

sábado, 30 de diciembre de 2017

¿Dónde están mis amigos?



Cerramos el Barranco, el del Fin del Mundo, claro. Solos por el frio y la niebla. Se acaba el año y nos vamos a tomar las uvas a casa. Recuerdo los años que he pasado en escuelas de escalada, tomando las uvas en Teverga, gajos de mandarina en Montanejos, trocitos de galleta en algún sitio en el Chorro entre los túneles, después de hacer por la noche un Camino del Rey ahora prohibido. Este año tengo otros motivos, quiero pensar, para no tomar las uvas con las campanas de algún reloj de la plaza de algún pueblo cercano. Subí al coche solo. El compañero de cordada tomaba otro camino ese día, su mente de ingeniero así se lo mandaba.

Barranco del Fin del Mundo
Solía tener un montón de cintas de casete en la furgo, música grabada de la radio, mezclas imposibles de estilos dispares. Cambiamos con los CD, misma amalgama de sonidos. Ahora lo hace Spotify por mí, desde el móvil por bluetooth, pongo la lista propuesta, basada en lo que suelo elegir y suena la misma música que me gusta oír, incluso mejor, no hay duda. Cuando, al rato, sonó la voz inconfundible de uno de mis clásicos. “¿Dónde están mis amigos?”.

Reza una de las estrofas el verso  … los están buscando”. Acaba el año, fiestas de Navidad, llega la Nochevieja y rebusco entre mis amigos cuáles estarán en casa para tomar las doce uvas. Es un ejercicio estéril, no aporta nada al análisis económico objeto de este blog, sólo una sonrisa al lector avezado, al escalador eterno de tiempos robados aquí o allá, para entrenar, escalar, viajar. Pensar en todos aquéllos que pueblan mis ratos de escalada, mis viajes, mis días a pie de vía.

“Carabanchel, La Modelo, Herrera de la Mancha, Cáceres2, Alcalá Meco, Puerto de Santamaría…”, suena su letanía, las penas de Robe, los lugares de sus amigos. Nunca me identifiqué con lo que decía, aunque sigo oyendo la canción y tarareando su letra. Mi mente se perdió mientras seguía conduciendo, algunas caras pasaban como líneas de la carretera. Vicent en Margalef con su guía calentita, Silvia con sus cascos ajena al mundo, Rafa por el sur con el taladro cargado, David en Fontainebleau, Andrea ideando viajes entre compe y compe, Alberto en sus Recuevas abriendo vías para los amigos, Elena buscando sus límites en las placas de la zona centro, Fran en Manilva tirando del carro de nuevo, Lali ideando su viaje por el mundo, Raúl en Teverga dando tranquilidad en su Teverga, Kymy añadiendo coahing, la Tribu reunida en Sella haciendo familia, Marta deseando que llegue el verano para que se sequen las chorreras de Rodellar, Jatu cerca como siempre, Merry haciendo sitio a la familia numerosa, Renaud en esta tierra de adopción levantina equipando nuevas joyas, Eva con la portada del Escalar en la cabeza, Aitor mirándose los pies añorando esas placas imposibles de la Pedriza, Petra se encoge de hombros, Sergio de camino a París con la cabeza llena de bloques, Tere sonriendo mientras reserva su mes, Dani poniéndose Fuertes para otro año sin límites, Gusa sonriendo, Javi fotografiando otro movimiento imposible….

Llegué a Madrid. La ciudad me engulle en su juego de luces de coches y semáforos. Tengo que volver a la conducción. Cuántos más por recordar tras veinticinco años compartiendo cordada. Las caras se desvanecen, tantas nuevas, tantas viejas conocidas que nos reencontramos por los sectores. No es raro el día que me encuentro con alguno que hace tiempo que no nos vemos, incluso no nos acordamos de nuestros nombre, sólo sabemos que nos recordamos de los días de vino y rosas, nos guiñamos un ojo y seguimos, cada uno su camino, hacia la vertical.

¿Dónde están mis amigos?, no hay duda, están escalando. Feliz 2018.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

El cielo puede esperar

Llovía mansamente a primera hora de la mañana. No había dejado de hacerlo desde el día anterior a media tarde. Último día de agosto, último día para intentar la vía que se nos había resistido tarde tras tarde. Me levanté y me fui a correr, actividad iconoclasta, no recomendada si quieres tener fuerzas para el objetivo del día. Guiño al cielo y directo a los caminos embarrados, la realidad del cieno me devolvió a la carretera, más dura, más transitable.

La niebla del norte se colaba por el valle, no dejaba ver la profundidad de la borrasca, tampoco el horizonte, otros días azul. Unos pocos pasos y el cerebro ya se había desconectado del presente y vagaba por los días de vacaciones pasados. Días de sol y calor, olas de ambos sucesivas, rutas y escuelas del norte, paredes a la sombra, buscando el relente de la tarde, sin vientos del norte, sin piedad del verano.

Buscaba, como todos los años, subirme por esas vías que son monumentos de nuestro deporte, enclavadas en lugares mágicos, cerca de ríos y cañones que nos sucederán a todas las generaciones futuras, mantra de esta. Elegidos los objetivos, peleado hasta el límite de cada uno, vencidos por la realidad de nuestros límites, empujados, como nos gusta decir, en nuestras barreras.

Tantas tardes de entrenamiento robadas a los ratos de familia, de otros amigos que quizás existan fuera del plafón, de series infinitas de presas de colores, listones de madera y cintas colgadas del techo, pesas para lastrar, pasan por la memoria. Próximo destino necesario para el tiempo que se avecina, el que hay entre fin de semana y fin de semana. Mente en blanco y gotas de agua.

La lluvia arreciaba. Se acabó la opción de subir a escalar, ya sólo quedaba ir a recoger el material. Mirada de fastidio del compañero de camino al sector, solo, abandonado, chorreras eternas mojadas, placas grises vueltas más oscuras, charcos en los recodos. Material al macuto y camino a casa. No sin pensar que el año que viene volveremos, o no, a por ellas, o serán otras en otros lugares.

Los kilómetros se sucedían y la lluvia quedó atrás. Desde el volante se veía un cielo azul, tachonado de nubes blancas. Lástima pensaba, seguro que hoy era el día, el último, en el que se concentran todas las razones para encadenar. El cielo podía haber esperado un día más.

Adelante Madrid y sus largas tardes del fin de verano, con el calor impenitente del verano no acabado. El trabajo imprescindible para los sueños del próximo verano. Los días que faltan para volver a la carretera y soñar con los días piratas. Moriremos sin haber hecho todas las que hemos deseado, es un hecho incuestionable, mientras….


el cielo puede esperar.

lunes, 5 de junio de 2017

Perfecto desorden

No estamos preparados para una noticia así. No nos corresponde a nosotros afrontarlas, nosotros que somos inmortales, que escalamos montañas, que buscamos los límites en las paredes, que viajamos a paraísos en este y en el otro lado del Océano.

No podemos dejar de leerla. Se hace rostro y con ella la ausencia del que nos deja. Corre como el agua de la primavera que baja en el deshielo, la misma que se llevó al amigo de mi amigo.

Tengo muchos recuerdos de él. Todos desordenados, sin fechas sucesivas, sin tiempos que les acompañen. Ya no me invitará a esa cerveza que sacaba de una nevera a pie de cualquier vía un jueves cualquiera.

No te olvidaremos. A partir de hoy cada vez que me junte con mi amigo, que no fue capaz de articular palabra en los recuerdos, envueltos en lágrimas, nos tomaremos esa cerveza que nos ofrecías.


Te has ido primero. Que tengas buen camino.

jueves, 23 de marzo de 2017

Atascos, colas, embotellamientos y otras ineficiencias en la escalada

Llevo unos años viviendo en Madrid, llegué de casualidad y pienso como Sabina, que canta “aquí he vivido, aquí quiero quedarme”, eso sí, mientras me dure este trabajo, luego me echaré al monte, que el aire es más limpio.

Somos madrileños por el hecho de vivir en Madrid, no hace falta haber nacido aquí para entender los usos y costumbres de esta ciudad. Sabemos cómo funcionan ciertas situaciones y conocemos sus reglas. No nos sorprendemos si a cualquier hora se produce un atasco monumental en cualquier acceso al centro de la ciudad y estamos atrapados. Incluso en ese momento tenemos unas reglas que todos cumplimos.

Antes de seguir hay que hacer una puntualización y explicar lo que es una costumbre. En la Universidad de Salamanca mi profesor de Derecho Romano dedicó mucho tiempo a este concepto. “Opinio iuris sive necessitatis”, una norma se cumple porque se piensa que es un derecho real. Las costumbres son hábitos que cumplimos que se convierten en normas que todos aceptamos, dicho de otra manera. Sé que con estas frases me pondrían al margen de un examen una nota explicativa, pero sirve para explicar los atascos y las colas en la escalada.

Todo esto empezó el domingo, día clave del fin de semana del escalador mercenario, en la vía que estaba probando con mi sempiterno compañero, vía comercial y referencia en su grado, se formó una cola de escaladores. Tras las consabidas preguntas de turno quedó éste establecido. Nos miramos unos a otros y sin decirlo expresamente dimos por sabido el “uso o costumbre” de estos casos. Turnos rápidos, un intento por escalador, en caso de caída se sube hasta el final para recordar los pasos y se limpia al bajar los cantos para el siguiente. Todo iba bien hasta que llegó un “pata negra” que quería calentar en ella, nos miramos y le dejamos, tardó dos minutos en hacer la vía y dejarla libre. Se “coló” su asegurador, y en vez de dos minutos estuvo más de media hora probando los pasos y con la evidencia de que estaba por debajo del nivel requerido. Resultado, retraso de todos los escaladores, parados los últimos esperando su turno sin querer cambiar de vía para no perder la oportunidad y al último no le dio tiempo a escalar. Por supuesto ninguno dimos un segundo pegue.

La costumbre, la norma no escrita, es que el que pone las expreses es el primero en probar, luego su asegurador y después por turnos pedidos, en algunos sitios no se pide turno y lo que se hace es tirar la cuerda a pie de vía, la tuya detrás de la anterior. La excepción que hace norma es cuando viene alguien con un grado muy superior y de una manera expresa “solicita” que le dejen un pegue, que “la hago en un minuto” suele ser su argumentación. Dependiendo de la situación se le permite o no, la mayor parte de las veces sí, excepto cuando hay cordadas de distintos sitios donde la cola hace ley.

La situación me recordaba a la de los atascos en Madrid. Se forma una cola y todos aceptamos el retraso, si alguno se cuela sólo debe cumplir una regla, hacerlo muy rápido para que los demás no paremos, vamos meter el coche con decisión que sólo haya que levantar el pie del acelerador pero no frenar. Si viéramos a Fernando Alonso seguro que le dejaríamos pasar, más por ver cómo lo hace y sabiendo que lo hará rápido.

Los atascos llevan a pérdidas de productividad. El primero frena una décima de segundo, el segundo son dos, el tercero es un segundo, el cuarto un poco más y unos pocos coches más atrás están parados aun cuando adelante puede haber movimiento. El retraso es acumulativo y los últimos tocan el claxon. En la escalada los de atrás están parados, se han quedado fríos, necesitan más tiempo para probar los pasos, su nivel de eficacia desciende y su enfado es creciente. Si encima se cuela alguien con cualquier excusa se produce un incumplimiento de estas reglas que no llevan más sanción que la social, y ésta, en muchos casos no sirve para mucho.

Los embotellamientos son una situación parecida. Todos decidimos ir al mismo sitio al mismo tiempo y por el mismo camino. Saturamos la vía y todos nos quedamos parados. En las vías de escalada suele haber embotellamientos en ciertas vías comerciales y las rutas a otras vías estar libres. Clásico tema del 8a comercial frente al 7c+ inescalable que nadie prueba. Mi amigo Renaud equipó alguna vía en Cuenca y por avatares del destino quedó de 7c+, la vía es espectacular, claro que realmente es 8a. Conclusión tiene menos cola que otras del entorno mucho menos “duras”.


No hay atascos los domingos por la mañana en Madrid, no hay atascos los lunes por la mañana en la vía que estábamos probando. Es la diferencia entre la vida pirata y la vida mercenaria. El domingo si un coche se cuela ni te das cuenta, el lunes recibe una pitada del respetable. El domingo no se cuela nadie en una vía, el lunes da igual, suele estar vacía. La norma es la misma. La eficiencia cambia radicalmente. Su impacto económico también. El tiempo es oro, ese es el único recurso que importa en este caso.

lunes, 30 de enero de 2017

El muro

Hace muchos años que escalo, empecé a hacerlo antes que en ningún otro sitio en una pared en Salamanca, los locales lo conocemos como “el muro”. Una pared decorada con piedras de distintos tamaños y tipos que están pegadas en un callejón que da acceso a una instalación deportiva.

El muro
Allí Dani creó unas travesías, con pinturas de colores, y las graduó. Aun siendo un muro vertical consiguió hasta entrenar la fuerza necesaria para hacer desplomes, pintando pies minúsculos o adherencias, vías que llegaron hasta el 8a. Todo un ejercicio de innovación y visión de futuro, de ahí al primer tablón en un local y al Ache tablón sólo fue una sucesión de actos inteligentes.

Lo reseñable es que todo esto fue a finales de los ochenta. El muro ha viajado conmigo cada vez que me subo a una pared. El muro no es el que protege la guardia de la noche, no es el que suben los maratonianos a pocos kilómetros de llegar a la meta y, por supuesto, no es el que Trump va a levanta en la frontera mejicana, o acabar que el muro ya está iniciado.

Los escaladores los muros los subimos, no son barreras, hace tiempo que entendimos que el mundo es nuestro horizonte posible. Miramos las fotos de las grandes paredes que existen, maravillas de este mundo, y soñamos cordadas por ellas, imaginamos nuestros viajes, soñamos nuestros proyectos. Lo mejor de todo, los escaladores escalamos los muros.

Las noches de invierno, esas que llegan tan rápido estos días, que duran tanto, que juntan tantos ratos a contar nuestros sueños, son el escenario de charlas de veteranos de guerra, de compañeros de piratería, de mercenarios de la vertical. Tras la segunda cerveza y los consiguientes abrazos empieza el canto de los viajes vividos, de las paredes escaladas. Estaba en Cuenca el otro día, hacía un frío del carajo decían los locales y en una mesa nos sentamos ocho mureros, tras años vagando por el mundo nos reencontrábamos con la sonrisa de las aventuras compartidas.

Nos despedimos algunas horas después, prometiendo volver a hacerlo antes de que crucemos en la barca de Caronte por última vez. Tengo en la memoria las imágenes que me contaron de los lugares y muros donde hemos escalado: El Capitán en Yosemite, el Urriellu en Picos de Europa, las playas de Ton Sai en Tailandia, el Boulder en Hampi en la India, los bloques de Sudáfrica, las montañas de la Luna en África, el Todra en Marruecos, Franken en Alemania, Ceusse en Francia, Argentina, Cuba, China, Japón, Sicilia, Malta, Finlandia, Kalimnos en Grecia…


Podríamos seguir temiendo olvidar algún lugar. La última frontera es en nuestro mundo la Antártida, no hay muchas más, no hay barreras, sólo muros que escalar.