lunes, 5 de junio de 2017

Perfecto desorden

No estamos preparados para una noticia así. No nos corresponde a nosotros afrontarlas, nosotros que somos inmortales, que escalamos montañas, que buscamos los límites en las paredes, que viajamos a paraísos en este y en el otro lado del Océano.

No podemos dejar de leerla. Se hace rostro y con ella la ausencia del que nos deja. Corre como el agua de la primavera que baja en el deshielo, la misma que se llevó al amigo de mi amigo.

Tengo muchos recuerdos de él. Todos desordenados, sin fechas sucesivas, sin tiempos que les acompañen. Ya no me invitará a esa cerveza que sacaba de una nevera a pie de cualquier vía un jueves cualquiera.

No te olvidaremos. A partir de hoy cada vez que me junte con mi amigo, que no fue capaz de articular palabra en los recuerdos, envueltos en lágrimas, nos tomaremos esa cerveza que nos ofrecías.


Te has ido primero. Que tengas buen camino.

jueves, 23 de marzo de 2017

Atascos, colas, embotellamientos y otras ineficiencias en la escalada

Llevo unos años viviendo en Madrid, llegué de casualidad y pienso como Sabina, que canta “aquí he vivido, aquí quiero quedarme”, eso sí, mientras me dure este trabajo, luego me echaré al monte, que el aire es más limpio.

Somos madrileños por el hecho de vivir en Madrid, no hace falta haber nacido aquí para entender los usos y costumbres de esta ciudad. Sabemos cómo funcionan ciertas situaciones y conocemos sus reglas. No nos sorprendemos si a cualquier hora se produce un atasco monumental en cualquier acceso al centro de la ciudad y estamos atrapados. Incluso en ese momento tenemos unas reglas que todos cumplimos.

Antes de seguir hay que hacer una puntualización y explicar lo que es una costumbre. En la Universidad de Salamanca mi profesor de Derecho Romano dedicó mucho tiempo a este concepto. “Opinio iuris sive necessitatis”, una norma se cumple porque se piensa que es un derecho real. Las costumbres son hábitos que cumplimos que se convierten en normas que todos aceptamos, dicho de otra manera. Sé que con estas frases me pondrían al margen de un examen una nota explicativa, pero sirve para explicar los atascos y las colas en la escalada.

Todo esto empezó el domingo, día clave del fin de semana del escalador mercenario, en la vía que estaba probando con mi sempiterno compañero, vía comercial y referencia en su grado, se formó una cola de escaladores. Tras las consabidas preguntas de turno quedó éste establecido. Nos miramos unos a otros y sin decirlo expresamente dimos por sabido el “uso o costumbre” de estos casos. Turnos rápidos, un intento por escalador, en caso de caída se sube hasta el final para recordar los pasos y se limpia al bajar los cantos para el siguiente. Todo iba bien hasta que llegó un “pata negra” que quería calentar en ella, nos miramos y le dejamos, tardó dos minutos en hacer la vía y dejarla libre. Se “coló” su asegurador, y en vez de dos minutos estuvo más de media hora probando los pasos y con la evidencia de que estaba por debajo del nivel requerido. Resultado, retraso de todos los escaladores, parados los últimos esperando su turno sin querer cambiar de vía para no perder la oportunidad y al último no le dio tiempo a escalar. Por supuesto ninguno dimos un segundo pegue.

La costumbre, la norma no escrita, es que el que pone las expreses es el primero en probar, luego su asegurador y después por turnos pedidos, en algunos sitios no se pide turno y lo que se hace es tirar la cuerda a pie de vía, la tuya detrás de la anterior. La excepción que hace norma es cuando viene alguien con un grado muy superior y de una manera expresa “solicita” que le dejen un pegue, que “la hago en un minuto” suele ser su argumentación. Dependiendo de la situación se le permite o no, la mayor parte de las veces sí, excepto cuando hay cordadas de distintos sitios donde la cola hace ley.

La situación me recordaba a la de los atascos en Madrid. Se forma una cola y todos aceptamos el retraso, si alguno se cuela sólo debe cumplir una regla, hacerlo muy rápido para que los demás no paremos, vamos meter el coche con decisión que sólo haya que levantar el pie del acelerador pero no frenar. Si viéramos a Fernando Alonso seguro que le dejaríamos pasar, más por ver cómo lo hace y sabiendo que lo hará rápido.

Los atascos llevan a pérdidas de productividad. El primero frena una décima de segundo, el segundo son dos, el tercero es un segundo, el cuarto un poco más y unos pocos coches más atrás están parados aun cuando adelante puede haber movimiento. El retraso es acumulativo y los últimos tocan el claxon. En la escalada los de atrás están parados, se han quedado fríos, necesitan más tiempo para probar los pasos, su nivel de eficacia desciende y su enfado es creciente. Si encima se cuela alguien con cualquier excusa se produce un incumplimiento de estas reglas que no llevan más sanción que la social, y ésta, en muchos casos no sirve para mucho.

Los embotellamientos son una situación parecida. Todos decidimos ir al mismo sitio al mismo tiempo y por el mismo camino. Saturamos la vía y todos nos quedamos parados. En las vías de escalada suele haber embotellamientos en ciertas vías comerciales y las rutas a otras vías estar libres. Clásico tema del 8a comercial frente al 7c+ inescalable que nadie prueba. Mi amigo Renaud equipó alguna vía en Cuenca y por avatares del destino quedó de 7c+, la vía es espectacular, claro que realmente es 8a. Conclusión tiene menos cola que otras del entorno mucho menos “duras”.


No hay atascos los domingos por la mañana en Madrid, no hay atascos los lunes por la mañana en la vía que estábamos probando. Es la diferencia entre la vida pirata y la vida mercenaria. El domingo si un coche se cuela ni te das cuenta, el lunes recibe una pitada del respetable. El domingo no se cuela nadie en una vía, el lunes da igual, suele estar vacía. La norma es la misma. La eficiencia cambia radicalmente. Su impacto económico también. El tiempo es oro, ese es el único recurso que importa en este caso.

lunes, 30 de enero de 2017

El muro

Hace muchos años que escalo, empecé a hacerlo antes que en ningún otro sitio en una pared en Salamanca, los locales lo conocemos como “el muro”. Una pared decorada con piedras de distintos tamaños y tipos que están pegadas en un callejón que da acceso a una instalación deportiva.

El muro
Allí Dani creó unas travesías, con pinturas de colores, y las graduó. Aun siendo un muro vertical consiguió hasta entrenar la fuerza necesaria para hacer desplomes, pintando pies minúsculos o adherencias, vías que llegaron hasta el 8a. Todo un ejercicio de innovación y visión de futuro, de ahí al primer tablón en un local y al Ache tablón sólo fue una sucesión de actos inteligentes.

Lo reseñable es que todo esto fue a finales de los ochenta. El muro ha viajado conmigo cada vez que me subo a una pared. El muro no es el que protege la guardia de la noche, no es el que suben los maratonianos a pocos kilómetros de llegar a la meta y, por supuesto, no es el que Trump va a levanta en la frontera mejicana, o acabar que el muro ya está iniciado.

Los escaladores los muros los subimos, no son barreras, hace tiempo que entendimos que el mundo es nuestro horizonte posible. Miramos las fotos de las grandes paredes que existen, maravillas de este mundo, y soñamos cordadas por ellas, imaginamos nuestros viajes, soñamos nuestros proyectos. Lo mejor de todo, los escaladores escalamos los muros.

Las noches de invierno, esas que llegan tan rápido estos días, que duran tanto, que juntan tantos ratos a contar nuestros sueños, son el escenario de charlas de veteranos de guerra, de compañeros de piratería, de mercenarios de la vertical. Tras la segunda cerveza y los consiguientes abrazos empieza el canto de los viajes vividos, de las paredes escaladas. Estaba en Cuenca el otro día, hacía un frío del carajo decían los locales y en una mesa nos sentamos ocho mureros, tras años vagando por el mundo nos reencontrábamos con la sonrisa de las aventuras compartidas.

Nos despedimos algunas horas después, prometiendo volver a hacerlo antes de que crucemos en la barca de Caronte por última vez. Tengo en la memoria las imágenes que me contaron de los lugares y muros donde hemos escalado: El Capitán en Yosemite, el Urriellu en Picos de Europa, las playas de Ton Sai en Tailandia, el Boulder en Hampi en la India, los bloques de Sudáfrica, las montañas de la Luna en África, el Todra en Marruecos, Franken en Alemania, Ceusse en Francia, Argentina, Cuba, China, Japón, Sicilia, Malta, Finlandia, Kalimnos en Grecia…


Podríamos seguir temiendo olvidar algún lugar. La última frontera es en nuestro mundo la Antártida, no hay muchas más, no hay barreras, sólo muros que escalar.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Cuento de invierno

El frío arrecia. El cielo se ha tornado gris plomizo. Nieva suavemente, sin prisa, sin mojar, cambiando a blanco el color de la ladera. Sentado a pie de vía me acurruco entre las capas de ropa y entorno los ojos y dejo vagar mis pensamientos. Me acuerdo de mi cuento de invierno.

Sopla el viento del norte. Los copos de nieve inundan el valle, en ráfagas lo tapan todo, me obligan a cerrar los ojos. Sabe a invierno. Huele a días cortos y calor de lumbre, huele a frío y a temblor de manos.



Circo de Solana
Hace veinticinco años ya. Era un día de diciembre como este. Niebla de mañana, muchos grados bajo cero y nieve fina que el limpiaparabrisas empuja como bolas de juegos de niños. El coche era ya viejo, la calefacción no estaba en su mejor momento. “Hoy no escalamos, hoy equipamos y algo hacemos”, me dijo con su vozarrón de chico grande. Taladro en el maletero y unas pocas chapas de diez, alguna cuerda vieja era el equipaje.

El viaje que tantas veces habíamos repetido se hizo largo, sufriendo cada curva con el hielo, pensando que arriba la nieve no nos iba a dejar pasar. Llegamos. Aparcamos al lado de la central eléctrica, miramos hacia arriba, no se veía nada, sólo el largo tubo del agua que se perdía en la niebla nos indicaba el destino.

Sentados en el coche, toda la ropa puesta, dudamos si darnos la vuelta. “Ni hablar, para arriba”. Subimos penosamente, abriendo huella, sonriendo a la niebla y a la nieve. Seguimos como siguen las cosas que no tienen mucho sentido, nos subimos a una pared y montamos un rappel, nos tiramos por el hielo de la pared y allí, entre el hielo y la roca, taladramos unos agujeros, imaginando pasos que no podíamos ver. Son los cuentos del invierno. Más tarde, el local que soñó la escuela me contó que los tuvo que cambiar todos.

Allí dejamos dos proyectos de vías. Fue la última vez que vi a mi amigo. Cambié de ciudad por circunstancias de la vida y no volví hasta el año siguiente, en medio un cáncer se lo llevó, en menos tiempo del que se tarda en contarlo, y la vida siguió.

La vía se llama “Cuento de invierno”, el mismo invierno que se llevó las nubes a última hora de la tarde para regalarnos una vista de las montañas. Recuerdo estar callado mirando los fríos rayos del sol colorear las cumbres nevadas de rosas imposibles. Él se rio como siempre e hizo una chanza que no recuerdo. Nos metimos en el coche y volvimos a nuestra ciudad de catedrales y puente romano.


El sol se apaga. Se levanta el aire, es norte dice alguien a mi lado. Recojo despacio mis cosas, miro allí donde todo se difumina y me acuerdo de aquellos días y de mi viejo amigo. Todos los años lo hago un día como hoy. Mientras viva y haya viento del norte el cuento de invierno viajará una vez más conmigo.

jueves, 17 de noviembre de 2016

In & Out

“¿Sigues con el blog?” resuena en mi cabeza de vez en cuando. El interlocutor es un escalador o escaladora que hace tiempo no me ve. Mi respuesta es siempre la misma, “ya no me lees, qué pena, así me echan de Desnivel”. Alguno que sigue la página web dice “ya no están donde antes los blogs”, es verdad, hay que buscarlos, siguen donde siempre, en las palabras escritas, en el relato de los hechos no importa quién los lea.

Empecé a correr este verano, mi gurú particular no me dejaba ni entrenar ni escalar hasta seis meses después del hechizo que me devolvió el codo. He corrido por bosques llenos de trasgus y xanas, por playas de cansadas gaviotas, por acantilados eternos enfrentados al mar del norte, por pueblos milenarios recorridos por peregrinos de un Santo del fin del mundo. He olido arces, eucaliptos, romeros, hayas, robles. He aspirado sus aromas llenando mi cuerpo de sonidos de animales de los bosques y de las playas.

He olvidado el ruido de las escuelas, de sus guerreros, de los gritos y los aplausos. He huido de ellas, no podía aguantar los aromas del fanatismo, la pelea con las vías, las jornadas de sudor y pegues. No he llamado para ver donde andaba el equipo, no he organizado los días para vagar hacia donde algún compañero de proyecto pasase los días. No he mirado el 8a.nu, no he preguntado por las mejores vías, no he soñado con vías este verano.

He estado fuera y he sentido la ausencia. He sufrido y superado el duelo. Poco a poco se me fue olvidando la escalada. Me refugié en el esfuerzo de mis carreras, de bajar los tiempos, de pelear la distancia.

Me he encontrado con amigos que ya no aprietan, que no buscan la dificultad como objetivo vital, que han sucumbido al esfuerzo de estar siempre al máximo, sin concesiones, que hablan de viejas batallas con la vías, de aquellos tiempos pasados cuando eran jóvenes e inmortales.

He estado fuera y he mirado a lo que hay al otro lado.

No me ha gustado.

Me reengancho. Vuelvo al tablón. A trabajar duro entre semana, a proyectar con mi entrenador los próximos días, vuelvo a las series sin fin, a los “mano arriba, pie pequeño, lanza a la más alta…”, vuelvo a la batalla, me embarco de nuevo como filibustero.

No tienen mi indulgencia los desertores, los que se bajaron del barco pirata, los que “ya no tienen edad”, los que han dejado de pelear.
“I am in” dicen los ingleses.

jueves, 28 de julio de 2016

Señales de humo

El asfalto se derrite bajo el sol abrasador de las calles de Madrid. Las torres de cristal y metal se difuminan en una pátina de calor, el cielo azul claro se aleja huyendo de la tierra. Las alpargatas se funden y amenazan con quedarse hundidas. No puedo salir volando, las aves hace días que abandonaron la ciudad, sólo las cigüeñas dudan si partir hacia África o dormir hasta el invierno.

Humo en Madrid
Una nube de humo ha pincelado el horizonte, el aire caliente la ha atrapado cerca del suelo, arde algún edificio lejano, sonido de bomberos, más calor en este infierno estival que se repite año tras año.

La vida mercenaria es así, lejos de los mares del sur de mis años piratas, cuidando las heridas de los años de combate. Refugiado en el proceso aspiro a volver, el ave fénix renace de sus cenizas, yo no llegaré a ellas, no quiero cruzar la última barrera.

Recuerdo chorreras de verano, forjadas en las lluvias del otoño, cinceladas en los hielos del invierno, moldeadas en la primavera. Blancas de magnesio y gente, sonríen en el hormiguero de escaladores, en fila interminable.

El fuego purifica, antiguos dioses reclaman su tributo, el humo se lleva los malos presagios. Esperaré paciente a la nueva estación y me uniré a los que sonríen al calor y al frío, a las adversidades y los éxitos, a los que saben leer señales de humo.

lunes, 27 de junio de 2016

Tiempo suspendido

Las luces del quirófano brillan con una extraña intensidad, sopla un aire frío, no es la brisa del norte, es el aire acondicionado, me rodea mucha gente extraña aun amable, miembros de su tribu, sus colores de guerra iguales, sus manos preparadas para la sangre y la incisión, me hablan pero no les entiendo, se nubla la vista y me duermo creo, mis ojos se cierran, ven sin mirar las imágenes que pueblan mis sueños.

Dolor
Dicen que uno en la anestesia no recuerdas nada. Entonces sigo allí, en algún lugar entre la nada y los recuerdos. Habitantes de mis sueños, pretorianos de la vertical, todos aquellos que me acompañan en el viaje sin destino de los días de escalada. No recuerdo a todos con los que he escalado, tampoco ellos a mí, caras conocidas a pie de vía, otras no. Desfilan en la noche infinita del sopor de la anestesia.

El codo ya no aguanta más, me dijo el gurú vasco que visité una mañana de lluvia, al que llegué preguntando, tras no obtener más que dudas a mis preguntas. Sólo así hay alguna opción. El dolor de las dentelladas ya no compensaba el esfuerzo. Se había instalado ahí cual grutesco medieval, formando parte de mí, ya me había acostumbrado a él, sacarlo era rozar el exorcismo, ponerlo en manos de los dioses.

Entre el sueño y sus nieblas los veo pasar. Una vida de pelea hace que recuerde compañeros de cordada tal como eran, como nos dejaron, como si el tiempo no hubiera pasado. El sol y la vida nos han dejado sus marcas, arrugas de veterano a pie de vía. Me sorprendo con los que se fueron primero, cuerdas, rápeles, coches, cánceres…. palabras que aprendí su significado a fuerza de grabarlas en las memoria con sus sonrisas y sus palabras, nunca más escuchadas.

No sé sigo allí, no sé si han conseguido extraerme mi compañero de dolor, no sé si volveré a pelear en las paredes, no sé si despertaré, si lo hago estaré solo, como estamos cada uno en este mundo, en el tiempo que nos toca, el que queremos estirar hasta el infinito, sin pactar con nadie.


Vuelvo, el dolor me saluda, es distinto, no es ese compañero de los últimos días, ese que clavó sus dientes en mi brazo y que daba dentelladas cuando quería. Parece que se despide, me aferro a él, ya nos habíamos hecho amigos, noto su partida y su despedida silenciosa, sé que no le voy a echar de menos aunque no lo olvidaré nunca, como los caídos en la batalla, los que honramos todos los años ese día que nos dejaron.