Hubo un tiempo en el verano llegaba después de la primavera, no antes del cuarenta de mayo, en Salamanca, donde crecí, era sabiduría popular. Innumerables noches en las cercanías de Solana de Avila incluso le retaban hasta bien recorrido Junio. La canícula sabíamos que llegaba, casi como los vientos del sur, esos que en el Norte no traspasaban el muro. Este era una bocacalle empedrada en sus paredes donde proyectistas dibujaban movimientos laterales, graduados en vías de colores, devinieron en equipadores con el tiempo.
El viento siempre era amigo de Boreas, acompañado de lágrimas de cristal, pies fríos y sudaderas de colores. Nunca imaginamos que se retiraría largas temporadas a sus cuarteles antes de los idus de marzo. Ahora vivimos bajo aires fríos empaquetados, dirigidos, eléctricos, predecibles, cautivos y presos en lugares cerrados, protegidos de Helios y su ira.
Dejo pasar la tarde, sentado a la sombra de la pared, el ruido del agua de la fuente refresca la conversación, las cuerdas y los pies de gato acumulan polvo, las cintas cuelgan inmóviles, la roca calienta los tendones de los dedos, “vueltos del revés” comentan a mi lado, sonrío ante esa expresión, nos levantamos, no hay duda, toca peregrinar, abandonar Cuenca, asumir que los mejores días van a tardar en volver, no me abandono a pensar que ya fueron, mejor, no me lo permito.
Me han dicho que hay un Muro donde nunca le da el sol, hace frío en verano, de más de cien metros de alto, dos celemines de largo, equipado con alegría, pero bien puntualiza alguien, sólo media hora de pateo y pie de vía amable para los niños. El pueblo no está lejos, hay un bar con buena comida y se duerme cerca de un río de aguas cristalinas. - ¿Nos vamos? - pregunta retórica si es posible ir al Paraíso, allá donde cada uno tengo el suyo.
El verano y sus vacaciones asoman lejos de Cuenca y nuestros cuarteles de invierno. Esta vez el precio de la gasolina no va a ser el mayor limitante, abierto el estrecho, el de Ormuz, que ahora conocido no es nuestro como Gibraltar, la autocaravana llena de agua es nuestro tipi veraniego, fácil de aparcar. El sentido común hace que la primera línea de playa no sea el objetivo vespertino de descanso del guerrero.
Hombres de monte y observadores de las estrellas nos toca buscar un lugar donde ver el eclipse, nosotros que no necesitamos de fenómeno para ver el sol, atardecer o amanecer, a la hora que sea, aún a media mañana como ocurrirá este agosto. Incontables bárbaros peregrinan a la piel de toro para mirar al cielo un rato de media mañana de no sé qué día de agosto. Se dejarán la noche y su lluvia de estrellas, la luna llena de julio de luz blanca que ilumina la pared, la tormenta de verano que transita ruidosa, llena de rayos y vientos mojados, de su petricor posterior que invade nuestras fosas nasales, del sonido del cárabo en los bosques, del ruido de los chapajes, de los “pillas”, de los voy, de los abrazos de despedida.
Recogemos el material, caminamos al terreno amigo de la noche manchega y cerramos el ciclo. Otra temporada más atrás, nada que reprochar a los pegues a deshoras, sin fuerzas, por todos aquellos que sí lo fueron, intensos, a su hora, con la intensidad necesaria, sin más preocupación que el siguiente movimiento, sin frío, ni calor, pues eso, vámonos a ver el eclipse.
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